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Terra
La Coctelera

La ca da por fernando valverde mi madre recuerdas como

LA CAÍDA

Por. Fernando Valverde

A mi madre

¿Recuerdas cómo mueren los pelícanos?

Bajo el sol de la tarde

que golpea la costa del Pacífico

el agua los engulle como al plomo.

Nada puede salvarlos.

Hay tanta dignidad en el vacío,

tanto amor en sus vuelos,

que en el último instante escogen el silencio.

Sólo queda

el golpe de sus cuerpos contra el agua

como un rumor de viento imperceptible.

Desde esta habitación no puede verse el mar,

no existen altas rocas y no queda horizonte

que no hayan destruido.

No importa,

intuyes un rumor en esta noche negra,

puedes tocar su brazo.

Recordarás entonces, al percibir el frío,

que en otoño ese mar que tanto amas

se vuelve gris y deja

los nombres del pasado escritos en la arena.

Te has sentado a mirarlos.

Frente a ti,

torciendo el horizonte,

un niño se sumerge entre las olas.

El levante, tan cálido y perfecto,

lo traiciona y lo empuja.

Has venido a salvarme.

Tus brazos,

tan frágiles ahora,

cubren el cuerpo de mis nueve años

hasta tocar la orilla.

Es cierto,

desde esta habitación no puede verse el mar

pero tiemblan mis manos igual que aquella tarde.

Ahora cojo las tuyas,

siente cómo te amo,

cómo salvas mi miedo con tus gestos,

cómo tienes la vida sujeta entre los dedos.

Deja a un lado la carne,

has golpeado tanto tu rostro contra el agua

que la luz se ha quebrado.

No hay estrellas debajo del océano.

Abre los ojos,

es tan ciega la muerte que el temor te confunde.

Abre los ojos,

búscame ahora en medio de este océano,

voy a agarrarte fuerte con mis brazos,

siente cómo te aprieto,

busquemos nuestra orilla,

el mar no ha dibujado nuestros nombres,

es hoy, no somos el pasado,

es salado el sudor,

es la espuma del mar contra las rocas

este miedo en tus labios.

Nos espera la vida.

UN MAESTRO DE LECTURA.George Steiner en dialogo con Ramín Jahanbegloo. Anaya & Mario Muchnik.Págs. 85- 89.

JAHANBEGLOO
Ayer hablamos de su vida. Desearía hablar, hoy, de su trabajo ¿Cómo lo define? ¿Es usted un filósofo, un crítico literario o un lector de nuestro mundo?
STEINER
Me gustaría que, si perduro en las memorias, el recuerdo que de mí se guarde sea el de un maestro de lectura, alguien que ha pasado su vida leyendo con los demás. Para conocer bien el acto de la lectura es necesario utilizar los agudos análisis de Charles Péguy, que ha dado en su obra testimonios de una definición afiligranada y densa, rebuscada e intensa de lo que implica una lectura bien hecha. Esa lectura implica una responsabilidad, pues es una palabra que contiene la respuesta; es preciso, por tanto, responder a un texto, a la presencia y a la voz de otro. Y eso se ha hecho difícil, sino imposible, en una cultura donde el ruido es constante, que no se reserva ningún reducto de silencio ni siquiera de paciencia. Entiendo la paciencia en su acepción del siglo XVII, cuando la etimología prevalecía en formulas como "soporto que se acerque usted a mi" o "soporto su pensamiento". Leer no es soportar, hablando con propiedad, sino estar dispuesto a recibir un invitado en casa, cuando cae la noche. La imagen que reflejan los grandes poetas, ya sea para Heidegger o para los pensadores presocráticos, es la de una recepción del pensamiento, del amor y el deseo de los demás, practicando la lectura, escuchando música y conociendo el arte. Es aprender con los demás a escuchar mejor. Por eso la enseñanza me ha sido siempre indispensable cuando habría podido, materialmente hablando, abandonarla varias veces. Pero, en la organización de mi existencia, la he buscado siempre como un medio de reunir a mí alrededor lectores, para mantener la esperanza de que, tras mi muerte, algunos se irán amando a los poetas y los filosóficos que tanto he amado yo. Me obsesiona el fantasma de la americanización del mundo entero. Tras haber viajado por diversos países, me parecía ver como América se acercaba a mi; esa América de liberación material del hombre, es cierto, pero también la de la adversidad misma, el silencio y la soledad. Ese fenómeno combate la resistencia a un acceso excesivamente inmediato a un texto, a una obra de arte o al pensamiento. Este mundo nos acercara los unos a los otros, como la caída del templo de Jerusalén, cuando no existía ya la enseñanza formal, sino casas de lectura donde maestros de lectura leían e intentaban enseñar a leer y releer con algunos compañeros y colegas -no hablemos de alumnos, rechazo ese término-. ¿Pero qué significa eso? Una lectura ideal puede ser la de un párrafo de Montaigne, de Pascal o de Kierkegaard , un poema de René Char, un soneto de Shakespeare o, también, unos versos de Sófocles. Comienzo siempre con un ejercicio que se llama •"amar el logos", es decir logos philein o filología. Se trata de descubrir, con la ayuda de todas las herramientas que nos ofrecen los eruditos, es decir, los distintos diccionarios, el sentido primario, ingenuo, casi inocente de cada palabra. Este cuestionamiento es, en primer lugar, una interrogación puramente filológica. Luego, hay que pasar a la gramática, a la música del pensamiento, pues a través de las diversas formas de la gramática, que forman un mundo inagotable, se ha dicho que el pensamiento humano se hace música. No conozco gran poeta alguno que no sea un maestro gramático o un virtuoso de la sintaxis, como no hay sintaxis que no contenga una visión del mundo, una metafísica y, también, una filosofía de la muerte. Decir que, en ciertas lenguas, el pretérito no existe, decir que en hebreo no existen verbos en futuro, es hablar de una visión global del universo, del hombre y de la identidad de cada uno de nosotros. Estas son las razones por las que nos extendemos, en detalle, sobre lo que se denomina gramática y sintaxis. Viene luego el contexto histórico. Rechazo por completo la idea que una ficción que rehúse la biografía, la historia y lo contextual. Muy al contrario, a mi entender, no hay una sola frase de Madame Bovary que no refleje la historia del segundo Imperio, de la vida de Flaubert, de la lengua francesa, de la crisis de la burguesía. Ningún texto puede pretender situarse al margen de un contexto que podríamos comparar con la infinita torre de Babel de la imaginaria biblioteca de Borges. A un nivel más restringido, pues eso supera un poco mis posibilidades, abordamos la semántica, es decir, el sentido del sentido, el estudio del misterio del sentido, la comprensión de la intencionalidad a la que se dirigen todos mis libros, de un modo u otro. Entonces, vuelvo al método medieval, que contiene cuatro etapas que recorren la lectura. Una lectura que se impone tanto y esta tan presente que es posible confesar que no se comprende un poema o un párrafo y necesitamos aprenderlo de memoria. Eso no depende de técnica alguna sino de una metafísica que se hace amor, que se hace Eros. Pues lo que se sabe de memoria es inalienable; es imposible quitar a nadie lo que lleva en sí mismo de conocimiento, en un momento donde reinan la censura y la opresión, el ruido, el exilio de una condición humana que no se limita a una seguridad material vacía de cualquier interioridad. Grandes espíritus han sobrevivido a la opresión porque sabían de memoria algunos textos. Saber de memoria una página de prosa no es un ejercicio, pues ese logos penetra en nosotros, demasiado difícil o violento tal vez, inaceptable. Pero significa que le invitamos a acomodarse en la casa de nuestro ser y que aceptamos vivir juntos. Es arriesgarse a que, cierta noche, un texto, un cuadro, una sonata llamen a nuestra puerta -Reales presencias gira por completo en torno a esa imagen- y es posible que el invitado destruya e incendie por completo la casa. Es posible también que nos desvalije con un gran aletazo. Pero es preciso aceptar al texto en nosotros mismos, no tengo palabras para describir la riqueza de esta experiencia he hecho mil veces, especialmente leyendo la Ética de Spinoza, que es para mí una referencia ultima. Leo cada día Heráclito y algunos poetas modernos, como Paul Celan, y aunque no comprendiera esos textos, los aprendería de memoria para que formen parte integrante de mí ser. De pronto la obra me acoge, sin explicarse, y tengo por fin acceso al poema. Pero no por ello puedo regresar a mis sentimientos gritando que he comprendido por fin la obra, algo que sería arrogante y pretencioso a la vez. Es cierto, no obstante, que la incomprensión se ha transformado en amor, en fertilidad, en acto de confianza hacia algo que se me escapa. Me gustaría ilustrar mis palabras con una experiencia que realice, sin éxito, en Estados Unidos. Fui introducido en un gran grupo de terapia gestual donde me propusieron tener acceso al nivel más elemental de meditación dejándome caer hacia atrás, sin tener miedo, porque se pondrían a mi espalda para cogerme. Fracasé en ese ejercicio, que me turba mucho. Realmente lo intenté, veía que otras personas se abandonaban con absoluta confianza y se dejaban caer hacia atrás cerrando los ojos, pero no llegue al mismo resultado, pues para realizar bien la experiencia es necesario estar relajado en el plano espiritual, at homeless, es decir, estar con la vida como en la propia casa, tener el alma en paz. Experimento esta sensación, pero cuando leo los grandes textos de filosofía o de metafísica o cuando enriquezco mi cultura artística. Entonces me abandono y, a veces, caigo al suelo pero aprendo como confiar en lo absoluto y lo inaccesible. Mi más ferviente deseo seria haber pasado la vida leyendo, leyendo en el sentido más amplio del término, como se dice en ingles I read a painting, I read a symphony, es decir, haber incluido en esa práctica las bellas artes, y la música. Toda mi obra se funda en la aprehensión de las voces que se acercan a mí. Por eso describo en la primera línea de Tolstoi y Dostoievski que toda crítica verdadera es un acto de amor. Eso me coloca a contrapelo de las disciplinas modernas, ya sean críticas, académicas, deconstruccionistas o semióticas. A mi entender, cualquier buena lectura paga una deuda de amor.

Enrique Martín Por: Roberto Bolaño

Para Enrique Vila-Matas

Un poeta lo puede soportar todo. Lo que equivale a decir que un hombre lo puede soportar todo. Pero no es verdad: son pocas las cosas que un hombre puede soportar. Soportar de verdad. Un poeta, en cambio, lo puede soportar todo. Con esta convicción crecimos. El primer enunciado es cierto, pero conduce a la ruina, a la locura, a la muerte. Conocí a Enrique Martín pocos meses después de llegar a Barcelona. Tenía mi edad, había nacido en 1953 y era poeta. Escribía en castellano y catalán con resultados esencialmente idénticos aunque formalmente disímiles. Su poesía en castellano era voluntariosa y afectada y en no pocas ocasiones torpe, carente de cualquier atisbo de originalidad. Su poeta preferido (en esta lengua) era Miguel Hernández, un buen poeta que ignoro por qué razón gusta tanto a los malos poetas (arriesgo una respuesta que me temo incompleta: Hernández habla de y desde el dolor, y los malos poetas suelen sufrir como animales de laboratorio, sobre todo a lo largo de su dilatada juventud). En catalán, en cambio, su poesía hablaba de cosas reales y cotidianas, y únicamente la conocíamos sus amigos (lo que en realidad es un eufemismo: su poesía en castellano probablemente
también la leíamos sólo los amigos, la única diferencia, al menos en cuanto a lectores se refiere, era que la poesía en castellano la publicaba en revistas de tiraje ínfimo que sospecho sólo nosotros examinábamos y en ocasiones ni siquiera nosotros, y las escritas en catalán nos las leía en los bares o cuando visitaba nuestras casas). Pero el catalán de Enrique era malo -¿cómo podían los poemas ser buenos sin dominar el poeta la lengua en que los escribía?; supongo que eso entra en el apartado de los misterios de la juventud-.El caso es que Enrique no tenía ni idea de los rudimentos de la gramática catalana y la verdad es que escribía mal, ya fuera en castellano o catalán, pero yo aún recuerdo algunos de sus poemas con cierta emoción a la que no es ajena el recuerdo de mi propia juventud Enrique quería ser poeta y en ese empeño ponía toda la fuerza y toda la voluntad de las que era capaz. Su tenacidad (una tenacidad ciega y acrítica, como la de los malos pistoleros delas películas, aquellos que caen como moscas bajo las balas del héroe y que sin embargo perseveran de forma suicida en su empeño) a la postre lo hacía simpático, aureolado por una cierta santidad literaria que sólo los poetas jóvenes y las putas viejas saben apreciar. En aquella época yo tenía veinticinco años y pensaba que ya lo había hecho todo. Enrique, por el contrario, quería hacerlo todo y se preparaba a su manera para comerse el mundo. Su primer paso fue sacar una revista o un fanzine de literatura que costeó con sus propios ahorros, pues tenía dinero ahorrado y un trabajo desde los quince años en no sé qué oscura oficina cercana al puerto. A última hora los amigos de Enrique (e incluso algún amigo mío) decidieron no incluir mis poemas en el primer número y eso, aunque me pese reconocerlo, enturbió durante algún tiempo nuestra amistad. Según Enrique, la culpa fue de otro chileno, un tipo al que conocía desde hacía mucho, que sugirió que dos chilenos eran demasiados chilenos para un primer número de un fanzine de literatura española. Por aquellos días yo estaba en Portugal y cuando volví opté por lavarme las manos. Ni la revista tenía nada que ver conmigo ni yo tenía nada que ver con la revista. No acepté las explicaciones de Enrique, en parte por comodidad, en parte para satisfacer mi orgullo herido, y me desentendí de la empresa. Durante un tiempo dejamos de vernos. Por gente que ambos conocíamos y a la que solía encontrar en los bares del Casco Antiguo, nunca dejé de enterarme, de una forma sucinta y casual, de sus últimas andanzas. Así supe que de la revista (se llamaba Soga Blanca, un título profético, aunque me consta que no fue a él al que se le ocurrió) sólo salió un número, que intentó montar una obra de teatro en un ateneo de Nou Barris y que lo corrieron a gorrazos después de la primera representación, que planeaba sacar otra revista. Una noche apareció por mi casa. Llevaba bajo el brazo una carpeta llena de poemas y quería que los leyera. Fuimos a cenar a un restaurante de la calle Costa y después, mientras tomaba café, leí algunos. Enrique esperaba mi opinión con una mezcla de autosatisfacción y miedo. Comprendí que si le decía que eran malos nunca más lo volvería a ver, además de arriesgarme a una discusión que se podía prolongar hasta altas horas de la noche. Dije que me parecían bien escritos. No mostré excesivo entusiasmo, pero me cuidé de deslizar la más mínima crítica. Incluso le dije que uno de ellos me parecía muy bueno, uno a la manera de León Felipe, un poema en donde añoraba las tierras de Extremadura en donde él nunca había vivido. No sé si me creyó. Sabía que entonces yo leía a Sanguinetti y que seguía (si bien eclécticamente) las enseñanzas sobre poesía moderna del italiano y que por lo tanto no me podían gustar sus versos sobre Extremadura. Pero hizo como que me creía, hizo como que se alegraba de habérmelos leído y después, sintomáticamente, se puso a hablar sobre su revista muerta en el número 1 y ahí fue donde yo me di cuenta de que no me creía pero que se lo callaba. Eso fue todo. Estuvimos hablando un rato más, sobre Sanguinetti y Frank O'Hara (Frank O'Hara aún me gusta, a Sanguinetti hace mucho que no lo leo), sobre la nueva revista que pensaba sacar y para la que no me pidió poemas y luego nos despedimos en la calle, cerca de mi casa. Pasaron uno o dos años hasta que lo volví a ver. Por entonces yo vivía con una mexicana y nuestra relación amenazaba con acabar con ella, conmigo, con los vecinos, a veces incluso con la gente que se atrevía a visitarnos. Estos últimos, advertidos, dejaron de venir a nuestra casa y por aquellos días casi no veíamos a nadie; éramos pobres (la mexicana, pese a pertenecer a una familia acomodada del D.F., se negaba terminantemente a recibir ayuda económica de ésta), nuestras peleas eran homéricas, una nube amenazante parecía cernirse permanentemente sobre nosotros. Así estaban las cosas cuando Enrique Martín volvió a aparecer. Al traspasar el umbral con una botella de vino y un paté francés, tuve la impresión de que no quería perderse el último acto de una de mis peores crisis vitales (aunque en realidad yo me sentía bien, la que se sentía mal era mi amiga), pero luego, cuando nos invitó por primera vez a cenar a su casa, cuando quiso que conociéramos a su compañera, me di cuenta de que en el peor de los casos Enrique no había venido a contemplar sino a ser contemplado, y que en el mejor de los casos aún parecía sentir una cierta estima por mí. Y sé que no aprecié ese gesto en lo que valía, sé que al principio contemplé su irrupción con desagrado, y que mi manera de recibirlo fue o quiso ser irónica, cínica, probablemente sólo aburrida. La verdad es que por aquellos días yo no era una buena compañía para nadie. Esto lo sabía todo el mundo y todo el mundo me evitaba o me rehuía. Pero Enrique sí quería verme y a la mexicana, vaya uno a saber por qué oscuros motivos, Enrique, su compañera, le cayeron bien y las visitas, las cenas se sucedieron hasta un total de cinco, no más. Por supuesto, para cuando reanudamos la amistad, aunque la palabra es excesiva, pocas eran las cosas en que no disentíamos. Mi primera sorpresa fue conocer su casa (cuando lo dejé de ver aún vivía con sus padres y después supe que compartió un piso con otros tres, un piso al que por una u otra razón yo nunca fui). Ahora vivía en un ático del barrio de Gracia, lleno de libros, discos, cuadros, una vivienda amplia, tal vez un poco oscura, que su compañera había decorado con gusto camaleónico, pero en el que no faltaban ciertos detalles curiosos, objetos traídos de sus últimos viajes (Bulgaria, Turquía, Israel, Egipto) que a veces trascendían el recuerdo de turista, la imitación. Mi segunda sorpresa fue cuando me dijo que ya no escribía poesía. Lo dijo en la sobremesa, delante dela mexicana y de su compañera, aunque en realidad la confesión iba dirigida a mí (yo jugaba con una daga árabe, enorme, con la hoja labrada por ambas caras, supongo que de difícil uso práctico), y cuando lo miré su rostro exhibía una sonrisa que quería decir soy adulto, he comprendido que para disfrutar del arte no hace falta hacer el ridículo, no hace falta escribir ni arrastrarse. La mexicana (que era pura dinamita) se condolió de su renuncia, lo obligó a contar la historia de la revista en donde no fui publicado, finalmente encontró plausibles y sensatas las razones que Enrique esgrimió en defensa de su renuncia y le predijo un no muy tardío regreso a la literatura con las fuerzas renovadas. La compañera de Enrique estuvo de acuerdo en un noventainueve por ciento. Las dos mujeres (aunque por razónes obvias mucho más la compañera de Enrique) parecían encontrar decididamente más poético el que éste se dedicara a su trabajo -lo habían ascendido, el ascenso lo llevaba a veces a visitar Cartagena y Málaga por razones que no quise averiguar-, a su colección de discos, a su casa y a su coche, que a malgastar las horas imitando a León Felipe o en el mejor de los casos (es un decir) a Sanguinetti. Yo no expresé ninguna opinión y cuando Enrique me preguntó directamente qué pensaba (Dios mío, como si fuera una pérdida irreparable para la lírica española o catalana), le contesté que cualquier cosa que él hiciera estaría bien. No me creyó. La conversación, aquella noche o una de las cuatro que aún nos restaban, giró hacia los hijos. Lógico: poesía-hijos. Y recuerdo (y esto sí lo recuerdo con total claridad) que Enrique admitió que le gustaría tener un hijo, la experiencia del hijo fueron sus palabras textuales, no su mujer sino él, es decir tenerlo nueve meses dentro de su barriga y parirlo. Recuerdo que cuando lo dijo yo me quedé helado, la mexicana y su compañera lo miraron con ternura, y a mí me pareció ver, y eso fue lo que me dejó helado, lo que años después, pero desgraciadamente no muchos años después, sucedería. Cuando la sensación pasó, fue breve, apenas un chispazo, la afirmación de Enrique me pareció una boutade
que ni siquiera merecía contestación. Por descontado, ellos querían tener hijos, yo, para variar, no ,al final de los cuatro de aquella cena el único que tiene un hijo soy yo, la vida no sólo es vulgar sino también inexplicable. Fue durante la última cena, cuando mi relación con la mexicana ya estaba en los segundos de descuento, cuando Enrique nos habló de una revista en la que colaboraba. Ya está, pensé. Acto seguido se corrigió: en la que colaboraban.

El plural tuvo la virtud de ponerme en guardia, pero pronto comprendí: él y su compañera. Por una vez (por última vez) la mexicana y yo estuvimos de acuerdo en algo y exigimos en el acto ver la revista en cuestión. Resultó ser una de las tantas que por entonces se vendían en los kioscos de periódicos y cuyos temas iban desde los ovnis hasta los fantasmas, pasando por las apariciones marianas, las culturas precolombinas desconocidas, los sucesos paranormales se llamaba Preguntas & Respuestas y creo que aún se vende. Pregunté, preguntamos, en qué consistía exactamente lo que ellos hacían. Enrique (su compañera casi no habló durante la última cena) nos lo explicó: iban, los fines de semana, a lugares donde se producían avistamientos (de platillos volantes), entrevistaban a las personas que los habían visto, examinaban la zona, buscaban cuevas (esa noche Enrique afirmó que muchas montañas de Cataluña y del resto de España estaban huecas), pasaban la noche en vela metidos en sacos de dormir y con la cámara fotográfica al lado, a veces iban ellos dos solos, las más iban en grupo, cuatro, seis personas, noches agradables al aire libre, cuando todo concluía preparaban un informe y parte de él (¿a quién le mandaban el informe completo?) lo publicaban, junto con las fotos, en Preguntas & Respuestas.

Esa noche, durante la sobremesa, leí un par de los artículos que firmaban Enrique y su compañera. Estaban mal redactados, eran torpes, pretendidamente científicos, al menos la palabra ciencia aparecía varias veces, eran inaguantablemente arrogantes. Quiso saber qué opinaba de ellos. Me di cuenta de que mi opinión, por primera vez, le importaba un pepino y por primera vez fui franco y sincero. Le sugerí cambios, le dije que debía aprender a escribir, le pregunté si en la revista tenían un corrector de estilo. Al salir de su casa la mexicana y yo no paramos de reírnos. Esa misma semana, creo, nos separamos. Ella se fue a Roma. Yo aún permanecí un año más en Barcelona. Durante mucho tiempo no supe nada de Enrique. De hecho creo que me olvidé de él. Por entonces yo vivía en las afueras de un pueblo de Girona con la única compañía de una perra y de cinco gatos, casi no veía a nadie de mis antiguos conocidos aunque de vez en cuando alguno se dejaba caer por mi casa, en ningún caso más de dos días y una noche, y con esa persona, la que fuera, solía hablar de los amigos de Barcelona, de los amigos de México, y en ninguna ocasión que yo recuerde nadie me mencionó a Enrique Martín. Al pueblo bajaba sólo una vez al día, acompañado por mi perra, a comprar comida y a hurgar en mi apartado de correos, en donde solía encontrar cartas de mi hermana que me escribía desde un México D.F. que ya no podía reconocer. Las demás cartas, muy espaciadas, eran de poetas sudamericanos perdidos en Sudamérica con quienes mantenía una correspondencia irregular, entre abrupta y dolorosa, fiel reflejo de nosotros mismos que comenzábamos a dejar de ser jóvenes, a aceptar el fin de los sueños. Un día, sin embargo, recibí una carta distinta. En realidad, no era propiamente una carta. En dos hojas de cartulina, sendas invitaciones para una especie de cóctel que una editorial de Barcelona ofreció durante la presentación de mi primera novela, cóctel al que yo no asistí, alguien había dibujado unos planos más bien rudimentarios y junto a éstos había escrito las siguientes cifras:

3860 + 429777 - 469993? + 51179 - 588904
+ 966 - 39146 + 498207856

La carta, por descontado, no llevaba firma. Evidentemente, mi anónimo corresponsal sí había asistido a la presentación de mi libro. Por supuesto, no intenté descifrar las cifras: estaba claro que era una frase de ocho palabras, seguramente su autor era uno de mis amigos. El asunto no revestía mayor misterio, excepto, tal vez, por los dibujos. Éstos representaban un camino ondulado, una casa con un árbol, un río que se bifurcaba, un puente, una montaña o una colina, una cueva. A un lado, una primitiva rosa de los vientos indicaba el norte y el sur. Junto al camino, en dirección contraria a la montaña (decidí finalmente que debía ser una montaña) y a la cueva, una flecha indicaba el nombre de un pueblo del Ampurdán. Esa noche, ya en mi casa, mientras preparaba la comida, de pronto supe sin ninguna duda que la carta era de Enrique Martín. Lo imaginé en el cóctel de la editorial, hablando con algunos de mis amigos (uno de éstos debió de darle el número de mi apartado de correos), criticando acerbamente mi libro, yendo de un lado para otro con un vaso de vino en la mano, saludando a todo el mundo, preguntando en voz alta si yo iba a aparecer o no iba a aparecer. Creo que sentí algo parecido al desprecio. Creo que recordé mi ya lejana exclusión de Soga Blanca.

Una semana más tarde volví a recibir otro anónimo. Nuevamente la cartulina utilizada era una invitación para la presentación de mi libro (debió de hacerse con varias durante el cóctel), aunque esta vez descubrí algunas variantes. Bajo mi nombre había transcrito un verso de Miguel Hernández, uno que habla de la felicidad y del trabajo. En el dorso, junto con las mismas cifras de la primera, el mapa experimentaba un cambio radical. Al principio pensé que no quería decir nada, las líneas eran confusas, en ocasiones un mero entrecruzarse de rayas y puntos suspensivos, signos de exclamación, dibujos borroneados o superpuestos. Después, tras observarlo por enésima vez y compararlo con la entrega anterior, comprendí lo que era obvio: el nuevo mapa era la prolongación del antiguo mapa, el nuevo mapa era el mapa de la cueva. Recuerdo que pensé que ya no teníamos edad para estas bromas, una tarde estuve hojeando en el kiosco, sin llegar a comprarla, la revista Preguntas & Respuestas.

No vi el nombre de Enrique entre los colaboradores. A los pocos días volví a olvidarme de él y de sus cartas. Creo que transcurrieron varios meses, tal vez tres, tal vez cuatro. Una noche escuché el ruido de un coche que se detenía junto a mi casa. Pensé que seguramente se trataba de alguien que se había extraviado. Salí con la perra a ver quién era. El coche estaba detenido junto a unos zarzales, con el motor en marcha y las luces encendidas. Durante un rato no pasó nada. Desde donde yo estaba no podía ver cuántos ocupantes había en el coche, pero no tuve miedo, con mi perra al lado casi nunca tenía miedo. La perra, por su parte, gruñía, ansiosa por abalanzarse sobre los desconocidos. Entonces las luces se apagaron, se apagó el motor y el único ocupante del coche abrió la puerta y me saludó con palabras cariñosas. Era Enrique Martín. Me temo que mi saludo fue más bien frío. Lo primero que me preguntó fue si había recibido sus cartas. Dije que sí. ¿Nadie manipuló los sobres? ¿Los sobres estaban bien cerrados? Contesté afirmativamente y le pregunté qué pasaba. Problemas, dijo mientras miraba las luces del pueblo a sus espaldas y la curva detrás de la cual estaba la cantera de piedra. Entremos en casa, le dije, pero no se movió de donde estaba. ¿Qué es aquello?, dijo indicando las luces y los ruidos de la cantera. Le dije lo que era y le expliqué que al menos una vez al año, ignoro por qué razón, trabajaban hasta pasada la medianoche. Es raro, dijo Enrique. Volví a insistir en que entráramos, pero no me oyó o se hizo el desentendido. No quiero molestarte, dijo tras ser olisqueado por la perra. Entra, vamos a tomarnos algo, dije. No bebo alcohol, dijo Enrique. Estuve en la presentación de tu novela, añadió, creí que irías. No, no fui, dije. Pensé que ahora Enrique se pondría a criticar mi libro. Quería que me guardaras algo, dijo. Sólo entonces me di cuenta de que en la mano derecha llevaba un paquete, hojas de tamaño folio, su regreso a la poesía, pensé. Pareció adivinarme el pensamiento. No son poemas, dijo con una sonrisa desvalida y al mismo tiempo valiente, una sonrisa que ciertamente no veía desde hacía muchos años, no en su cara, al menos. ¿Qué es?, le pregunté. Nada, cosas mías, no quiero que las leas, sólo quiero que las guardes. De acuerdo, entremos, dije. No no quiero molestarte, además no tengo tiempo, he de irme de inmediato. ¿Cómo supiste dónde vivía?, dije. Enrique pronunció el nombre de un amigo común, el chileno que había decidido que dos chilenos eran muchos chilenos para el primer número de Soga Blanca.

Cómo se atreve ese cabrón a dar mi dirección a nadie, dije. ¿Ya no sois amigos?, dijo Enrique. Supongo que sí, dije, pero no nos vemos mucho. Pues a mí me alegra que me la haya dado, me ha gustado mucho verte, dijo Enrique. Debí decir: a mí también, pero no dije nada. Bueno, me voy, dijo Enrique. En ese momento comenzaron a sonar unos ruidos muy fuertes, como de explosiones, provenientes de la cantera que lo pusieron nervioso. Lo tranquilicé, no es nada, dije, pero en realidad era la primera vez que oía las explosiones a esas horas de la noche. Bueno, me voy, dijo. Cuídate, dije yo. ¿Puedo darte un abrazo?, dijo. Claro que sí, dije yo. ¿No me morderá el perro? Es una perra, dije yo, no te morderá. Durante dos años, el tiempo que me restaba por vivir en aquella casa de las afueras, mantuve el paquete de papeles intacto, tal como Enrique me lo había confiado, atado con cordel y cinta adhesiva, entre las revistas viejas y entre mis propios papeles que, no está demás decirlo, crecieron desaforadamente durante ese tiempo. Las únicas noticias que tuve sobre Enrique me las proporcionó el chileno de la Soga Blanca, con el que una vez hablamos sobre la revista y sobre aquellos años, aclarando de paso el papel jugado por él en la exclusión de mis poemas, ninguno, fue lo que me afirmó, fue lo que saqué en claro, aunque a esas alturas ya no importaba. Por él supe que Enrique tenía una librería en el barrio de Gracia, cerca de aquel piso que años atrás, en compañía de la mexicana, yo había visitado cinco veces. Por él supe que estaba separado, que ya no colaboraba en Preguntas& Respuestas, que su ex mujer trabajaba con él en la librería. Pero ya no vivían juntos, me dijo, eran amigos, Enrique le daba ese trabajo porque la tía estaba en el paro. ¿Y le va bien con la librería?, pregunté. Muy bien, dijo el chileno, al parecer había dejado la empresa en la que trabajaba desde adolescente y la indemnización fue cuantiosa. Vive allí mismo, dijo. En el fondo de la librería, en dos habitaciones no muy grandes. Las habitaciones, lo supe después, daban a un patio de luz en donde Enrique cultivaba geranios, ficus, nomeolvides, azucenas. Las dos únicas puertas eran las de la librería, sobre la que cada noche bajaba una cortina metálica que cerraba con llave, y una puerta pequeña que daba al pasillo del edificio. No le quise preguntar la dirección. Tampoco le pregunté si Enrique escribía o no escribía. Poco después recibí una larga carta de éste, firmada, en donde me decía que había estado en Madrid (creo que la carta la escribió desde Madrid, ya no estoy seguro) en el famoso Congreso Mundial de Escritores de Ciencia Ficción. No, él no escribía ciencia ficción (creo que empleó el términos-f),sino que estaba allí como enviado de Preguntas & Respuestas.

El resto de la carta era confuso. Hablaba de un escritor francés cuyo nombre no me sonaba de nada que afirmaba que los extraterrestres éramos todos, es decir todos los seres vivientes del planeta Tierra, unos exiliados, decía Enrique, o unos desterrados. Después hablaba del camino seguido por el escritor francés para llegar a tan descabellada conclusión. Esta parte era ininteligible. Mencionaba a la policía de la mente, hacía conjeturas acerca de túneles dimensionales, se enredaba como si estuviera, otra vez, escribiendo un poema. La carta terminaba con una frase enigmática: todos los que saben se salvan.

Después venían los saludos y recuerdos de rigor. Fue la última vez que me escribió. La siguiente noticia que tuve de él me la proporcionó nuestro común amigo chileno, de manera casual, quiero decir sin estridencias, en uno de mis cada vez más frecuentes desplazamientos a Barcelona, mientras comíamos juntos. Enrique llevaba dos semanas muerto, las cosas ocurrieron más o menos así: una mañana llegó su ex compañera y ahora dependienta a la librería y la encontró cerrada. El hecho la extrañó, pero no demasiado pues a veces Enrique solía quedarse dormido. Para tales contingencias ella tenía una llave propia y con ésta procedió a abrir la cortina metálica primero y la puerta de cristal de la librería después. Acto seguido se encaminó al fondo, hacia las habitaciones, y allí encontró a Enrique, colgando de la viga de su dormitorio. La dependienta y ex compañera casi sufrió un ataque al corazón de la impresión que tuvo, pero se sobrepuso, llamó por teléfono a la policía y luego cerró la librería y esperó sentada en la acera, llorando, supongo, hasta que llegó el primer coche patrulla. Cuando volvió a entrar, contra lo que esperaba, Enrique aún colgaba de la viga, los policías le hicieron preguntas, notó entonces que las paredes de la habitación estaban llenas de números, grandes y pequeños, pintados con rotulador algunos y con aerosol otros. Los policías, lo recordaba, fotografiaron los números (659983 + 779511 - 336922, cosas de ese tipo, incomprensibles) y el cadáver de Enrique que los miraba desde arriba sin ninguna consideración. La dependienta y ex compañera creyó que las cifras eran deudas acumuladas. Sí, Enrique estaba endeudado, no demasiado, no como para que alguien lo quisiera matar, pero existían deudas. Los policías le preguntaron si los números ya estaban en las paredes la tarde anterior. Ella dijo que no. Luego dijo que no lo sabía. No lo creía. No entraba desde hacía tiempo en aquella habitación. Revisaron las puertas. La que daba al pasillo del edificio estaba cerrada con llave por dentro. No encontraron ninguna señal que indicara que alguna de las puertas hubiera sido forzada. El único juego de llaves que había, aparte del de la dependienta y excompañera, lo encontraron junto a la caja registradora. Cuando llegó el juez descolgaron el cuerpo de Enrique y se lo llevaron de allí. La autopsia fue concluyente, la muerte había sido casi en el acto, un suicidio más de los muchos que ocurren en Barcelona. Durante muchas noches, en la soledad de mi casa del Ampurdán que pronto abandonaría, estuve pensando en el suicidio de Enrique. Me costaba creer que el hombre que quería tener un hijo, que quería parir él mismo un hijo, tuviera la indelicadeza de permitir que su dependienta y ex compañera descubriera su cuerpo ahorcado, ¿desnudo?,¿vestido?, ¿en pijama?, acaso aún balanceándose en medio de la habitación. Lo de los números ya me parecía más probable. No me costaba trabajo imaginar a Enrique realizando sus criptografías toda la noche, desde las ocho en que cerró la librería, hasta las cuatro de la mañana, buena hora para morir. Levanté, por supuesto, algunas hipótesis que acaso explicaban de alguna manera su muerte. La primera tenía relación directa con su última carta, el suicidio como el billete de regreso al planeta natal. La segunda contemplaba en dos versiones el asesinato. Pero ambas eran excesivas, desmesuradas. Recordé nuestro último encuentro frente a mi casa, sus nervios, la sensación de que alguien lo perseguía, la sensación de que Enrique creía que alguien lo perseguía. En los siguientes desplazamientos a Barcelona cotejé mis informaciones con otros amigos de Enrique, nadie había notado ningún cambio significativo en él, a nadie había entregado ni planos hechos a mano ni paquetes cerrados, el único punto donde advertí contradicciones y lagunas era en el de su actividad en Preguntas & Respuestas.

Según algunos hacía mucho que ya no tenía relación alguna con la revista. Según otros, seguía colaborando de manera regular. Una tarde que no tenía nada que hacer, después de resolver algunos asuntos en Barcelona, fui a la redacción de Preguntas & Respuestas.

Me atendió el director. Si esperaba encontrar a alguien tenebroso, me llevé una desilusión, el director parecía un vendedor de seguros, más o menos como todos los directores de revistas. Le dije que Enrique Martín había muerto. No lo sabía, pronunció algunas palabras de pesar, esperó. Le pregunté si Enrique colaboraba regularmente en la revista y tal como esperaba obtuve una respuesta negativa. Le recordé el Congreso Mundial de Ciencia Ficción celebrado no hacía mucho en Madrid. Respondió que su revista no había enviado a nadie a cubrir el evento, ellos, me explicó, no hacían ficción sino periodismo de investigación. Aunque a él, añadió, la ciencia ficción le gustaba mucho. Entonces Enrique fue por su cuenta, pensé en voz alta. Así debió de ser, dijo el director, al menos para esta casa no trabajaba. Antes de que todo el mundo lo olvidara, antes de que sus amigos siguieran viviendo con Enrique ya definitivamente muerto, conseguí el número de teléfono de su excompañera, ex dependienta, y la llamé. Le costó acordarse de mí. Soy yo, dije, Arturo Belano, fui a tu casa cinco veces, vivía por entonces con una mexicana. Ah, sí, dijo. Luego permaneció callada y pensé que algo le ocurría al teléfono. Pero ella seguía allí. Te llamaba para decirte que siento mucho lo que ha sucedido, dije. Enrique fue a la presentación de tu libro, dijo ella. Lo sé, lo sé, dije. Quería verte, dijo ella. Nos vimos, dije. No sé por qué quería verte, dijo ella. A mí también me gustaría saberlo, dije. Bueno, ya es demasiado tarde, ¿no?, dijo ella. Así parece, dije. Aún permanecimos un rato más hablando, creo que de sus nervios destrozados, luego se me acabaron las monedas (llamaba desde Girona) y la comunicación se cortó. Meses después me marché de casa. La perra se vino conmigo. Los gatos se quedaron con unos vecinos. La noche anterior a mi partida abrí el paquete que me confió Enrique. Esperaba encontrar números y mapas, tal vez la señal que aclarara su muerte. Eran unas cincuenta hojas tamaño folio, debidamente encuadernadas. Y en ninguna encontré planos ni mensajes cifrados, sólo poemas escritos a la manera de Miguel Hernández, algunos a la manera de León Felipe, a la manera de Blas de Otero y de Gabriel Celaya. Aquella noche no pude dormir. Ahora era a mí al que le tocaba huir.

A PROPÓSITO DE EROS Raquel Lanseros

A PROPÓSITO DE EROS
Raquel Lanseros
De todas las terrenas servidumbres
que aprisionan mi afán en esta cárcel
me confieso deudora de la carne
y de todos sus íntimos vaivenes
que me hacen más feliz
y menos libre.

A veces, sin embargo,
la esclavitud se muestra soberana
y me siento señora del destino.

Porque sé amar, porque probé la fruta
y no maldije nunca su sabor agridulce,
porque puedo ofrecer mi corazón intacto
si el camino se digna requerirlo,
porque resisto en pie, con humilde firmeza,
el rigor de este fuego que enloquece.

En este fragor mudo en el que todos somos
rufianes, vagabundos, desposeídos y presos
no existen vencedores ni vencidos
y mañana no arrienda la ganancia de ayer.

Que no entre en la batalla quien sucumba
ante el rencor pequeño de las humillaciones.

Sabed, son necesarias descomunales dosis
de grandeza de espíritu y coraje
en las lides calladas de la pasión humana.

La recompensa, en cambio, es sustanciosa.

Ser súbdito tan sólo de la naturaleza,
no temer a la muerte ni al olvido,
no aceptarle a la vida una limosna,
no conformarse con menos que todo.

LA SOLEDAD, DIOS Y LA NATURALEZA EN SIETE POEMAS DE EMILY DICKINSON

"Yo de mí misma-expulsarme-
si tuviera ese arte-
invencible mi fortaleza
dentro del corazón-"
Emily Dickinson

"Enigmática y retraída, pero rebelde y tenaz,
alejada de todos, y también de la tradición poética
a la que le abocaba su tiempo, Emily Dickinson
fue creando a lo largo de su vida una obra intimista y original"
Silvina Ocampo

Emily Dickinson nació en 1830 en Amherst (Massachusetts) antes conocido como Nueva Inglaterra, en el seno de una familia calvinista acomodada y con influencias en la sociedad de su época, su padre Edward Dickinson era un abogado eminente y diputado en el congreso de Los Estados Unidos, su madre una honorable representante de la sociedad feminista victoriana, una madre de familia ejemplar, un hermano llamado Austin, el mayor y la pequeña de la familia, Lavinia.

Sus estudios en un principio se desarrollaron en la academia de Amherst, y luego en 1847 entró en el seminario femenino de Mount Holyoke, del cual su padre era accionista y fundador, afectada por una fuerte nostalgia de su familia y de su paisaje natal, decidió en 1858 dedicarse a su casa, a cuidar a su madre y a leer intensamente a Emerson, escribió de manera ininterrumpida desde 1858 hasta 1883 su obra poética que estuvo marcada desde 1861 por lo que ella llamaba "mi blanca elección" (lo que significa vestir completamente de blanco y encerrarse casi de una manera total en su habitación), de aquí que la llamaran "la monja blanca de Amherst", "la loca de blanco" y "la extraña de Amherst".

Murió en 1886, con una obra integrada por 1775 poemas, de los cuales no llegó a publicar ni siquiera una decena, después de su muerte, su hermana Lavinia rescató sus textos y fueron recopilados en 1955 por Thomas H. Jonson.

"Morir- sin morir
y vivir- sin la vida
es el más arduo milagro
propuesto por la fe".
c.1865- 1017

Algunos factores importantes se transforman en la raíz de la estética de Dickinson, cambios políticos y civiles (1861-1865 Guerra Civil Americana y el mandato y muerte de Abraham Lincoln), que marcan una cosmovisión agónica y de encierro, no en vano en el comienzo de la Guerra "la blanca elección" de esta autora denota el rechazo a estas nuevas actitudes históricas que van en contra de la manifestación humana de libertad y fraternidad. Es de recalcar que en esta misma época Walt Whitman estaba creando su "Canto a sí mismo" y sus "Hojas de Hierba", una muestra clara de cómo también estos factores conmovieron la experiencia vital de artista y su relación con el medio.

Dickinson en un rechazo frontal a estos cambios históricos, decide retirarse a su cuarto, convirtiéndolo en su mundo, resguardándose de toda la iniquidad y la mezquindad que existían fuera de las puertas de habitación, esta opción se cristaliza en una barrera contra el exterior; pero al mismo tiempo en una cárcel en la que sus ficciones toman vida propia, moldeando toda su visión exterior e interior en una forma de vida ermitaña (aunque con todas las comodidades de la época) que resistía directamente todas las vicisitudes malignas que la rodean, guardándola en una pureza casi virginal que propone un renacimiento del "yo" interno, una nueva creación poética.

La poesía intimista tal como su nombre lo expresa, retrata la cruda realidad interior de algunas almas atormentadas por fantasmas inmateriales y soledades tangibles, las experiencias amorosas que no llegan a buen fin; las percepciones morales; las intuiciones referentes al mundo que se desquebraja y no merece ser vivido, corresponden a esta tradición literaria. Emily Dickinson es una de las principales exponentes de esta tendencia, cabe anotar que así como lo señaló Borges "La más grande Literatura del Siglo XIX se encuentra en Nueva Inglaterra"; el lirismo profundo; las palabras desgarradas; la intromisión de las fuerzas naturales; la umbría representación de la soledad; la contemplación de sí misma y la creación de un universo interior rico y complejo, son características clave en la construcción de su laberinto estético.

Podría estar más sola
sin mi soledad-
tan habituada estoy a mi destino-
tal vez la otra-paz-

podría interrumpir la oscuridad-
y llenar el pequeño cuarto-
demasiado exiguo- en su medida-para contener
el sacramento- de él-

no estoy habituada a la esperanza-
podría entrometerse en-
su dulce ostentación-violar el lugar-
ordenado para el sufrimiento-

sería más fácil
fallecer-con la tierra a la vista-
que conquistar- mi azul península-
perecer-de deleite-.

c. 1862 - 405

En la época entre 1860 y 1862, Dickinson tuvo su actividad poética más fuerte, promediando tres poemas al día, también es la época donde la soledad se hace más profunda y más fuerte, la soledad es aquel sentimiento que expresa la sensación del desarraigo y el abandono en el mundo, se comunica directamente con ese extrañamiento del mundo que convierte a la escritora en un ser plagado de desamparo, de orfandad, un ser que se oculta del sol a través de su poesía, una existencia poética que sólo puede ser un atributo de una ninfa o de una musa (una musa solitaria):

Esta es mi carta al mundo
Que jamás me escribió-
la simple noticia que la naturaleza dio
con tierna amistad

su mensaje está consignado
a manos que no puedo ver-
por amor a ella-dulces- compatriotas-
juzgadme tiernamente-
c. 1862- 441

En el anterior poema se refleja la preocupación de la escritora por la situación que la rodea y clama que comprendan su soledad, ella está informada de los acontecimientos, de todo lo que la circunda, de esas transformaciones de las que se ocultó, extiende desde su confinamiento una encíclica solitaria que expresa su situación y su posición frente al mundo, es crítica de él, critica de las causas perdidas y de la efusión del momento histórico desde su soledad:

Como ojos que miran las basuras-
incrédulos de todo-
salvo del vacío- y quieta soledad-
diversificada por la noche-

sólo infinitos de la nada-
tan lejos como podía ver-
así era la cara que yo miré-
así miró ella misma -a la mía-

no le ofrecí ninguna ayuda-
porque la pena era mía-
la miseria densa tan compacta
tan desesperanzada -como divina

ninguna -se absolvería-
ninguna sería una reina
sin la otra- de modo que-
aunque reinemos- pereceremos-
c.1862- 458

Desesperanzada, angustiada Dickinson retrata su dolor por la guerra fratricida, por esa sangre que corre inocente por los campos, por los que mueren en otras soledades, tan diferentes a la suya, tan diferentes a ese pesar que la consume, consciente de esta decadencia se percata de una manera maravillosa de la fugacidad de la vida, de lo pasajera que es la existencia, de ese hastío infinito que es el estar vivo, de esas formas que se acaban y sólo pueden ser conjuradas en lo eterno, a la luz de ese Dios que se difumina en súplicas que en esa situación desvalida a veces no llegan a Él:

Dios hizo una genciana-
que trató- de ser rosa-
y no pudo-y todo el verano ser rió-
a punto de caer las nieves

surgió una púrpura criatura-
que deslumbró toda la colina-
y el verano ocultó su frente-
y la burla-se aquietó-

las heladas fueron su condición-
el tiriano no vendría
hasta que el norte- lo invoque-
¿Creador-floreceré?
c. 1862- 442

El Dios de Dickinson es al mismo tiempo como ella, un Dios solitario, un abandonado y un desvalido, se aspira a estar con él, a encontrarlo para llenar ese vacío de miseria melancólica y creadora, a veces se siente abandonada, incluso hasta por Dios, ora desesperada, reza y levanta sus puños hacia ese ser que parece no escucharla. Asediada por todo tipo de soledades, escribe:

Es claro- que recé-
¿y a Dios le importó?
le importó tanto como si un pájaro
en el aire-golpeara con su pata-
y gritara dame-
razón- vida-
que no hubiera tenido-sin ti-
más piadoso hubiera sido
en la tumba del átomo dejarme-
alegre, aniquilada, dichosa y muda-
en lugar de esta penetrante miseria.
c. 1862- 376

Dios se muestra distante pero no por eso, deja de ser importante en la obra y en la estética de esta poeta, lo mismo que otros autores contemporáneos a ella realzan una relación con un Dios creador, con un Dios natural que escucha a su manera a esta creación que clama por su presencia, Dickinson no es ajena a esa Naturaleza creada, que la rodea y la llena de complicidad con el cosmos:

Naturaleza es lo que vemos-
la montaña- el poniente-
la ardilla-el eclipse-el abejorro-
no- naturaleza es el cielo-
naturaleza es lo que oímos-
el Bobolink-el mar-
El trueno-el grillo-
no- naturaleza es la armonía-
naturaleza es lo que sabemos-
no tenemos arte para decirlo-
tan impotente es nuestra sabiduría
para tanta simplicidad.
c. 1863 - 668

El clamor general de este tiempo era la revancha de la Naturaleza, el encuentro con aquellas cosas sencillas que rodeaban al hombre, un canto a la armonía interna y externa, un asombro infinito por esas muestras de sabiduría sempiterna, ese descubrir la realeza de la Naturaleza, como una realidad que se debe asumir como una vivencia y un recuerdo:

Guirnaldas para reinas, puede haber-
laureles-para raros grados
de alma o de espada.
¡Ah-pero rememorándome-
ah- pero rememorándote-
naturaleza en hidalguía-
naturaleza en caridad-
naturaleza en equidad-
la rosa ordenó!
c. 1858- 34

La influencia de Emerson es visible fuertemente en múltiples poemas de esta autora, la Naturaleza es fuerza y cohesión, armonía y orden; pero también es aquella que irrumpe con esa infinita soledad, que transforma la visión de la poeta, se introduce en sus pensamientos, en sus creencias; incluso hasta llegar a tener una consciencia propia que se instala como huésped inesperado en su mansión de soledades y silencios:

El viento- golpeó como un hombre cansado-
y como un huésped- "adelante"-
respondí valientemente- entró
en mi habitación-
un veloz- invitado sin pies
a quien ofrecer una silla
era tan imposible como ofrecer
al aire un sofá-

ningún hueso tenía para sostenerlo-
su diálogo era como el simultáneo alboroto
de numerosos pájaros
en una rama superior-

su continente-una oleada-
sus dedos, al pasar
dejaban oír una música- como tonadas
sopladas trémulas en un vidrio-
siguió su visita- aún revoloteando-
luego como hombre tímido
otra vez, golpeó- como una ráfaga-
y yo me volví sola-
c. 1862- 436

La Naturaleza de esto modo, se enmarca en un juego polifónico de soledades que tocan a la puerta de la poeta y la sumergen en un simultáneo silencio que se deja oír a lo largo de la vida ausente y quieta, de una comprensión absoluta del sentido de la soledad que la acompaña y se es inherente.

El estremecimiento interior marca de manera abismal toda la estética en la poesía de Dickinson, soledades angulosas; un Dios aciago y una Naturaleza que invade con su simpleza la complejidad de la mujer artista, son las características esenciales de una obra sui-generis que inspiró a escritoras de la talla de: Virginia Woolf, Alejandra Pizarnik, Olga Orozco y Silvia Plath.

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Oh melancolia, vinculo precioso del ayer. Silvio Rodriguez.

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Que se llama soledad... Mierda¡¡¡¡

Historia de un Por qué..

Había una vez un Por qué que estaba en la pagina 819 de un diccionario. Se canso de estar siempre en el mismo sitio y, aprovechando una distracción del bibliotecario, pies para que os quiero!, mejor dicho: pie para que te quiero, salió saltando a la pata coja sobre la patita de la q. Lo primero que hizo fue fastidiar a la portera.
-Por qué no funciona el ascensor? Porque el administrador de la comunidad no lo manda a arreglar? Porqué no hay luz en el rellano del segundo piso?
La portera tenia que hacer, que responder; a un Por qué tan preguntón, la incomodaba. Lo persiguió con la escoba hasta la calle y le grito muy enfadada que no volviera nunca más.
-Por qué me hecha?- pregunto indignado el Por qué- Porque digo la verdad?... Y se fue por el mundo con ese vicio de hacer preguntas, me toman siempre como un impertinente, como si fuera un cobrador de impuestos al que hay huir.
-Por qué la gente tira al suelo los papeles en lugar de echarlos en las papeleras que el ayuntamiento pone para eso? Por qué los automovilistas tienen tan poco respeto a los pobres peatones? Por qué los peatones son tan imprudentes?
No era un Por qué, era una ametralladora que disparaba preguntas y no se salvaba nada ni nadie. Por ejemplo, pasaba por delante de una barraca de madera y preguntaba:
-Quien vive aquí?
-Un albañil.
-Qué es un albañil?
-El que hace casas.
-Y por qué si construye casas vive en una barraca?
-Porque no tiene suficiente dinero para pagar alquiler.
-Y por qué los alquileres son tan caros?
-Porque sí.
-Y por qué sí?
En la jefatura de policía se supo que había un Por qué suelto por ahí, huido de la pagina 819 del diccionario y que no hacia sino incordiar. Hicieron imprimir su fotografía y la distribuyeron a todos los agentes con esta orden: "Búsquenlo, deténgalo y métanlo a la cárcel".
También hicieron imprimir grandes carteles con su fotografía y los pegaron por todas las esquinas. Al pie escribieron: "100000 Euros y una botella de cerveza a quién nos ayude a capturarlo."
-Por qué? - se preguntaba el pobre Por qué chupándose el dedo bajo uno de aquellos carteles-.
-Por qué quieres mandarme a la cárcel?
-Es que está mal hacer preguntas?
-Prohíbe la ley los signos de interrogación?
Busca que te busca, pero nadie logró encontrarla nunca.
Los guardias de todo el mundo, a pesar de que son millones y hablan muchas lenguas, no han conseguido encontrarlo jamás. Nuestro buen Por qué se ha escondido muy bien, un poco por allí, otro por allá. Está en todas las cosas. En todas las cosas que ves hay un Por qué.

Gianni Rodari
Adaptación y búsqueda: Alejandro Arango A.